Historias · Ciudad de la laguna

Historias de
Chascomús

Relatos, leyendas y episodios que marcaron la historia de nuestra ciudad. Cada tanto, una historia nueva.

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Naturaleza y tradición
La primavera vuelve a la Laguna

Hace miles de años la Laguna repite el mismo ritmo: se recoge en invierno, se abre en primavera. La historia de un nombre que casi se pierde, un pez que cruzó el mundo y por qué septiembre es el mejor momento para conocerla.

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Cine e historia
La película que escondió a Chascomús en una historia de amor prohibido

En 1984, un equipo de cine llegó a Chascomús para filmar una de las películas más importantes del cine argentino. La historia real detrás, nominada al Oscar, empezó casi 140 años antes con un amor imposible y terminó frente a un pelotón de fusilamiento.

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Historia y patrimonio
El cementerio escocés escondido a cinco minutos de Chascomús

A cinco minutos del centro, entre el campo y el silencio, hay un cementerio con lápidas de más de 150 años escritas en inglés. La historia de cómo terminó un pedacito de Escocia perdido en la llanura bonaerense.

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Historia y naturaleza
El secreto rosa de Chascomús

Hay una foto que todos los que vienen en agosto terminan sacando sin saber por qué existe. Esta historia no empieza con una flor: empieza con un pez.

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Pueblos y patrimonio
Gándara: el pueblo abandonado que casi nadie conoce

A 20 minutos de Chascomús: una fábrica que exportó a medio mundo, un monasterio con planos de Bustillo y un final que nadie esperaba.

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Historia
La Batalla de los Libres del Sur

La historia más inquietante de nuestra Laguna: una batalla al amanecer, una traición y un final tan oscuro que dio origen a leyendas que siguen vivas.

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Naturaleza y tradición

La primavera vuelve a la Laguna

Hace bastante no compartíamos una historia nueva. Volvemos a este espacio para contar algo de nuestro mayor orgullo: la Laguna.

Una laguna prehistórica

Hay una laguna en el medio de la llanura bonaerense que hace miles de años repite el mismo ritmo. Se recoge en invierno. Se abre en primavera.

Mucho antes de que existieran las cabañas, los asados de fin de semana o la ruta que trae hasta acá, esa laguna ya era el centro de todo: el agua que daba de comer, el lugar donde volvía la vida. Todavía lo es.

Un nombre que casi se pierde en el camino

Los querandíes —un pueblo de tronco tehuelche— recorrían estas llanuras siguiendo el agua y la caza, mucho antes de que existiera un fuerte español acá.

En 1580, Juan de Garay dejó un registro: en las comarcas entre esta laguna y el río Salado señoreaba un cacique llamado Tumutumús. Con los siglos, ese nombre se fue deformando. Pasó por bocas guaraníes, tehuelches y españolas: Cascomús, Suscumús, Sascomús, hasta llegar al "Chascomús" que conocemos.

Todavía se discute qué significa exactamente. Para algunos viene del mapudungún: "agua salada" o "campo de lagunas". Para otros, nació directamente del nombre de aquel cacique. Lo único que nadie discute es que el nombre de este lugar nació pegado al agua. Y así sigue: Chascomús es laguna.

Las Encadenadas, el conjunto de lagunas al que pertenece la Laguna de Chascomús

La Laguna de Chascomús pertenece a un conjunto de siete lagunas conocidas como "Las Encadenadas".

Lo que trae la primavera

Para esos primeros habitantes, la primavera no era una estación más. Era una señal: la laguna volvía a dar.

Con el agua templándose después del frío, el pejerrey —protagonista absoluto de estas aguas— entra en su momento de mayor actividad. Las orillas se llenan otra vez de aves que el invierno había hecho desaparecer, y los juncos rebrotan.

Es, literalmente, el momento del año en que la laguna vuelve a estar viva de punta a punta.

Flora y fauna del humedal de la Laguna de Chascomús

Flora y fauna del humedal.

Una historia que cruzó el mundo

A metros de la laguna funciona, desde hace 80 años, la Estación Hidrobiológica de Chascomús. Le dicen la "fábrica de pejerrey" de la provincia.

Ahí se cría pejerrey en cautiverio, se incuban millones de huevos por temporada, y desde ahí se siembran lagunas, diques y ríos de toda la provincia de Buenos Aires, de Tandil a Daireaux. Es, ni más ni menos, la cuna del pejerrey bonaerense.

Y ese trabajo cruzó océanos y continentes. En 1966, un envío de huevos de pejerrey argentino prendió en Japón. Hoy esa misma especie es una de las más valoradas del lago Kasumigaura, donde se sirve en sushi y sashimi. Conservando, incluso ahí, su nombre en español: pejerrey.

Un pez que hoy nada del otro lado del mundo tiene sus raíces en una laguna como esta.

Odontesthes bonariensis, el pejerrey bonaerense

Odontesthes bonariensis: el pejerrey bonaerense.

Antes de tirar la línea, un dato importante

Si tenés ganas de pescar, esto lo tenés que saber: del 1° de septiembre al 30 de noviembre rige la veda de pejerrey. Es, justamente, la temporada reproductiva de la especie: la misma primavera que despierta la laguna es la que necesita más cuidado.

Durante esos meses, la pesca de pejerrey está permitida únicamente sábados, domingos y feriados nacionales. De lunes a viernes, la pesca está prohibida. No es un capricho: es lo que permite que, primavera tras primavera, siga habiendo pejerrey para pescar.

Lo que le pedimos a quien viene

La laguna no es un decorado. Es un ecosistema vivo, y en primavera está en su momento más fértil y más frágil a la vez.

Por eso, si venís a pescar o simplemente a caminar la costa: no dejes basura ni colillas en la orilla, respetá la veda y las tallas si vas a pescar, y no te metas en los juncales, ahí anidan las aves. Cuidar la laguna es cuidar Chascomús.

Un dato útil antes de salir

Si te gusta la pesca, al lado de las cabañas Las Moraditas está la Casa de Pesca Las Moraditas. La atienden Maxi y Caro (📞 2241-578372). Tienen cañas, reeles, carnada, y también ropa y accesorios de camping, calzado y más.

Es una parada obligada antes de salir a la laguna. Se la recomendamos de corazón.

Historias de Chascomús

La laguna hace miles de años repite el mismo ritmo: se recoge en invierno, se abre en primavera. Cada vez que vuelve a abrirse, vuelve también esta historia que se cuenta sola, generación tras generación.

Historia y patrimonio

El cementerio escocés escondido a cinco minutos de Chascomús

Cementerio Inglés de Chascomús

Uno de los lugares más extraños que hay para conocer en Chascomús está a apenas cinco minutos del centro. Parece sacado de una novela inglesa. Y casi nadie lo visita.

El lugar donde parece que Argentina desaparece

Se llega fácil, en bici o en auto, saliendo desde el centro de la ciudad. En apenas veinte minutos quedan atrás las casas y el movimiento. Cada vez hay menos ruido, más campo, más silencio, más cielo.

Y entonces aparece. Al principio cuesta creer que siga existiendo.

Pórtico que marca el ingreso al Cementerio Inglés de Chascomús

El pórtico que marca el ingreso al cementerio.

Las primeras lápidas aparecen entre el pasto. Todas escritas completamente en inglés. Algunas tienen más de ciento cincuenta años. Y es inevitable preguntarse cómo terminó un pedacito de Escocia perdido en medio de la llanura bonaerense. La respuesta empieza muchos años atrás.

El cementerio escocés escondido a cinco minutos de Chascomús

Todo comienza a principios de la década de 1850. Un grupo de familias escocesas —apellidos como Bell, Graham y Dodds— llegó hasta las cercanías de Chascomús para criar ovejas y trabajar la tierra. Levantaron sus casas y formaron su comunidad. Celebraban sus reuniones religiosas en un rancho muy sencillo, dentro de la estancia La Adela. Sin saberlo, estaban escribiendo una parte poco conocida de la historia de nuestra ciudad.

Colonos escoceses en la estancia Los Yngleses hacia 1860

Los escoceses ya habían echado raíces en la pampa. Esta fotografía, tomada hacia 1860 en la estancia Los Yngleses, inmortaliza a un grupo de colonos compartiendo un asado criollo.

Una epidemia lo cambió todo

En 1866 llegó el cólera. La enfermedad golpeó con fuerza a Chascomús y el cementerio católico ya no alcanzaba para recibir a todos los fallecidos. Fue entonces cuando la comunidad protestante decidió comprar sus propias tierras para enterrar a sus familiares. Así nació el Cementerio San Andrés, el que hoy todos conocemos como Cementerio Inglés.

Epidemia de cólera en la provincia de Buenos Aires en el siglo XIX

Enfermos de cólera en Salto, provincia de Buenos Aires. La epidemia se prolongó hasta fines de 1867.

Pocos años después levantaron también una pequeña capilla. Lo más curioso fue cómo la financiaron: quienes tenían ovejas aportaban todos los años el equivalente al valor de diez animales por cada mil que poseían. Los demás colaboraban con dinero. Entre todos construyeron su iglesia, piedra por piedra.

El único mausoleo del cementerio

Hay una tumba que rompe completamente con el resto. Pertenece al Dr. John Maxwell Crosbie. Había llegado a Chascomús para atender a los enfermos durante la epidemia de cólera. Terminó contagiándose mientras los cuidaba. Murió por la misma enfermedad que había venido a combatir. Todavía hoy descansa allí, en el único mausoleo de todo el cementerio: un homenaje silencioso para alguien que dio la vida intentando salvar la de los demás.

Mausoleo del Dr. John Maxwell Crosbie en el Cementerio Inglés de Chascomús

El cementerio a plena luz del día. Al fondo, el mausoleo del Dr. Crosbie.

Las lápidas que siguen contando historias

Lo que más impresiona del lugar no son las tumbas. Es el silencio. Las lápidas del siglo XIX siguen casi intactas, todas conservan sus inscripciones originales en inglés. Caminar entre ellas al atardecer da la sensación de estar mucho más lejos que a cinco minutos de Chascomús. Como caminar por otro país, por otra época.

Lápidas en inglés del siglo XIX en el Cementerio Inglés de Chascomús

Lápida en inglés.

Hoy el Cementerio San Andrés y su capilla fueron declarados Patrimonio Histórico, Cultural, Paisajístico y Arquitectónico de Chascomús. Incluso existen visitas guiadas organizadas por el municipio.

Eso sí: el camino todavía conserva su fama, no es el mejor. Y quizás justamente por eso el lugar logró mantenerse casi intacto durante más de un siglo y medio. Se recomienda hacerlo en bici o en auto; a pie, el tramo final es de tierra.

Historias de Chascomús

Uno cree que ya conoce Chascomús: la laguna, la costanera, los restaurantes. Y, de repente, alguien dobla por un camino cualquiera y aparece un rincón donde el tiempo parece haberse detenido hace ciento sesenta años. Eso es lo que más sorprende de esta ciudad: siempre encuentra una forma de volver a mostrar algo nuevo.

Historia y naturaleza

El secreto rosa de Chascomús

Hay una foto que todos los que vienen a Chascomús en agosto terminan sacando sin saber muy bien por qué existe. Es la de los cerezos en flor sobre la avenida que bordea la Laguna: rosa y blanco, con el agua de fondo. Pero esta historia no empieza con una flor. Empieza con un pez. Y termina con una diosa que decidió, hace mil trescientos años, que la belleza vale más cuando dura poco.

Una diosa que eligió lo efímero

En la mitología japonesa hay una princesa llamada Konohanasakuya-hime —"la que hace florecer los árboles". La leyenda cuenta que un dios bajó del cielo, la vio caminando por la orilla del mar y se enamoró al instante. Pidió su mano, y ahí el padre de la princesa le tendió una trampa: le ofreció también a la hermana mayor, una diosa no muy agraciada pero inmortal como la roca. El dios rechazó a la hermana sin dudar. Se quedó solo con la belleza pasajera.

Según el mito, por esa elección los humanos dejamos de ser eternos. Elegimos la flor antes que la piedra, sin saberlo. Hay un término japonés para esa sensación agridulce de ver algo hermoso que se sabe efímero: mono no aware. Cada vez que un cerezo florece, es un recordatorio de esa decisión.

Ilustración de Konohanasakuya-hime, la diosa japonesa de las flores de cerezo

El emperador que cambió una flor

Durante siglos, Japón celebraba la floración de los ciruelos. Hasta que en el año 812 el emperador Saga organizó una salida para contemplar cerezos en Kioto. Parece un detalle menor. No lo fue: de esa decisión nació una tradición que sobrevivió más de mil años y convirtió a la flor del cerezo en uno de los mayores símbolos de Japón. Pero todavía falta la parte más extraña de esta historia. Porque esos mismos cerezos terminaron creciendo acá, en Chascomús.

Torii, el arco japonés donado a Chascomús, iluminado de noche junto a la Laguna

El pez que trajo la flor

En 1962, Chascomús envió a Japón ovas embrionadas de pejerrey. Fue un gesto de cooperación científica, sin mayores pretensiones. Décadas después, Japón respondió con otro gesto: no mandó una placa ni una medalla. Mandó cerezos. Miles de ellos.

El Rotary Club los plantó en la ciudad, con chicos de escuelas primarias como padrinos de cada árbol. Esos cerezos florecieron durante décadas, mudos testigos de un intercambio que muy pocos turistas conocen. Son los mismos que hoy, cada agosto, transforman la avenida que lleva a la Laguna en uno de los paisajes más inesperados de Chascomús.

El portal entre dos mundos

En el encuentro de la calle Las Flores y la costanera vas a encontrar un gran arco rojo. Es un torii, la puerta que en Japón marca el paso del mundo cotidiano al mundo sagrado. Fue donado por la Fundación Cultural Argentino Japonesa en 2019. En Chascomús no hay un templo detrás. Hay algo distinto: la historia de una amistad que lleva más de sesenta años uniendo una laguna pampeana con un archipiélago del otro lado del planeta.

Los cerezos florecen apenas unas semanas. Después, como en las mejores historias japonesas, desaparecen. Si agosto te encuentra en Chascomús, quizás sea el mejor momento del año para venir: despertar frente a la Laguna y recorrer la avenida bajo una lluvia de pétalos, antes de que se vayan.

Cerezos en flor sobre la avenida costera de Chascomús

Pueblos y patrimonio

Gándara: el pueblo abandonado que casi nadie conoce

A 20 minutos de Chascomús hay un pueblo que casi desaparece del mapa: una fábrica que llegó a exportar a medio mundo, un monasterio con una historia que parece de película y un final que no te esperás.

Todo empezó con un campo, una laguna y un tren

La historia arranca en 1823, cuando Domingo Leonardo de la Gándara compró tierras cerca de la laguna Vitel. Nadie se imaginaba lo que iba a pasar ahí. Sus herederos fueron cediendo esos lotes para distintos usos —la escuela, el monasterio, almacenes, pulperías— hasta que en 1865 llegó el ferrocarril, con una estación de arquitectura inglesa que todavía hoy sigue en pie. Pero lo más fuerte de esta historia recién estaba empezando.

Estación de tren de Gándara, de arquitectura inglesa

La fábrica que le dio de comer a medio país

En 1896 un grupo de tamberos, cansados de no tener dónde vender su leche, armó una cooperativa: la Sociedad Anónima Unión Gandarense. Nadie sabía que ese pequeño acuerdo entre vecinos se iba a convertir en una de las lácteas más grandes de la Argentina. En su mejor momento, la fábrica Gándara procesaba cientos de miles de litros de leche por día y mandaba dulce de leche, manteca y quesos a Estados Unidos, Italia, México, Brasil y más. ¿Se acuerdan del jingle de los yogures Gándara en la tele de los 80? Esa marca salía de acá nomás.

Pero como toda buena historia, esta también tiene su caída. Con la muerte de su dueño a fines de los 80 y una cadena de ventas —incluida la multinacional Parmalat— la fábrica se fue apagando hasta cerrar del todo a mediados de los 2000. Cientos de trabajadores se quedaron sin nada de un día para el otro. Hoy los galpones, silos y tanques siguen ahí, tomados por las enredaderas: un paisaje que impacta tanto como emociona, y que parece sacado de una serie de abandonos urbanos.

Las casas de los que hicieron Gándara

Casas de los obreros de la fábrica Gándara

Alrededor de la fábrica, la empresa había levantado un puñado de casitas para sus empleados. Todavía quedan algunas en pie, y en una de ellas vive un ex operario que pasó más de 30 años trabajando ahí. Son la prueba silenciosa de que este pueblo, hoy casi vacío, alguna vez tuvo fiestas, reuniones y una vida social entera girando alrededor del trabajo. Caminar por ahí es como entrar en una fotografía congelada en el tiempo.

El monasterio: ahí la historia se pone todavía más intensa

La Capilla Nuestra Señora del Rosario y el Colegio Apostólico San José se inauguraron a fines de los 30, con planos nada menos que del arquitecto Alejandro Bustillo (el mismo del Llao Llao). Ahí se hacían retiros espirituales, cursillos y funcionó como seminario menor, noviciado y teologado, con seminaristas, novicios y hasta chicos huérfanos que los curas alojaban en la planta alta.

Los Padres Agustinos Recoletos, que lo fundaron, se fueron en 1954 —pero el lugar no cerró de golpe. Siguió funcionando varios años más como Seminario Sagrado Corazón y como casa de retiros del Movimiento de Cursillos de Cristiandad. Con el correr del tiempo el edificio se fue deteriorando y no hubo recursos para mantenerlo, así que la actividad se apagó de a poco hasta el abandono total del complejo.

En 1980, cuando se creó la Diócesis de Chascomús, el monasterio pasó a su patrimonio, ya prácticamente vacío: una joya de Bustillo tragada por el vandalismo y el paso del tiempo, con techos caídos y paredes agrietadas. Un edificio hermoso, condenado al olvido.

El giro que nadie esperaba

Cuando monseñor Juan Ignacio Liébana asumió como obispo de Chascomús en 2024, algo hizo que ese montón de ruinas dejara de ser solo eso. En su recorrida por la diócesis notó cómo el consumo problemático golpeaba a las comunidades locales, sin lugares para acompañar la recuperación de los jóvenes, y ahí vio en esas paredes derrumbadas algo más que escombros.

Restauración y puesta en valor del monasterio de Gándara

Convocó a toda la diócesis a arremangarse: jornadas de limpieza, poda y obra con vecinos, sacerdotes y voluntarios que llegaron desde distintos puntos del país. Y la ayuda llegó de un lugar que nadie esperaba: desde Roma, con un aporte económico del propio Papa Francisco para la restauración. En diciembre de 2024 la capilla Nuestra Señora del Rosario fue reinaugurada, con el altar y las campanas recuperados, y desde enero de 2025 la casa lindera ya se usa para campamentos juveniles.

El proyecto es convertir el monasterio en una casa de retiros y, sobre todo, en un espacio de acompañamiento para jóvenes con consumos problemáticos, en medio de ese entorno rural y silencioso. De paraje abandonado a lugar que vuelve a dar una mano concreta a los pibes que más lo necesitan.

Por qué vale la pena conocerlo

Gándara es una escapada perfecta desde Chascomús, y la mayoría de la gente ni sabe que existe. Está a un ratito nomás por caminos rurales: se puede ir en auto o, si te gusta pedalear, en bici. El pueblo está resucitando de a poco: hay quienes recuperaron una vieja casa para hacer turismo rural, y sobre todo está La Pulpería de Gándara, que abre sábados y domingos con sándwiches de campo, empanadas, medialunas con receta de panadero, churros salados con roquefort y tortas caseras. Si hay que recomendar una sola cosa: la torta de ricota casera. Es de esas cosas simples que quedan grabadas.

La Pulpería de Gándara

Un paseo a Gándara para caminar entre las ruinas, sacar fotos en la estación, pasar por el monasterio que está renaciendo y cerrar con la torta de ricota en la pulpe: una tarde distinta, con mucha historia bonaerense adentro.

Historia

La Batalla de los Libres del Sur: la historia más inquietante de nuestra Laguna

Todos caminamos por la calle Libres del Sur, nos tomamos un café mirando la laguna. Pero pocos saben que esa misma orilla, hace casi 187 años, se tiñó de sangre en una batalla de apenas tres horas que casi cambia la historia de la provincia.

La batalla que le dio nombre a nuestra calle principal

Corría 1839. Juan Manuel de Rosas gobernaba Buenos Aires con poderes absolutos, y un grupo de estancieros del sur —hartos de los precios fijados por el gobierno y del maltrato al campo— decidió levantarse. Se los llamó los Libres del Sur. En pocos días, entre voluntarios y peones, juntaron casi 2.000 hombres y tomaron Dolores, Chascomús y Tandil.

Contaban con un aliado clave para completar el golpe: el general Juan Lavalle, que debía sumarse desde Entre Ríos. Nunca llegó. Peor todavía: entre los suyos había un traidor. Un militar en quien confiaban ciegamente estaba pasándole información a Rosas.

El 7 de noviembre, a las cinco de la madrugada y a orillas de nuestra Laguna, se enfrentaron. Del lado de Rosas, su hermano Prudencio al mando de tropas veteranas. Del lado de los Libres del Sur, hacendados y peones con poco entrenamiento militar, comandados por Pedro Castelli y Ambrosio Cramer. Entre esos comandantes rebeldes había uno de apellido Mendiola —sí, el mismo nombre que hoy lleva una de las casas de la zona.

La batalla duró apenas tres horas. Terminó en masacre: alrededor de 250 muertos del lado rebelde contra apenas 7 del lado de Rosas.

Y ahí no terminó lo peor.

El fatídico destino de Pedro Castelli

Tras la batalla, Castelli intentó escapar y esconderse en una estancia cercana. Lo encontraron en pocos días. Lo degollaron.

Pedro Castelli, comandante de los Libres del Sur

Su cabeza quedó clavada en una pica en la plaza de Dolores durante ocho años enteros, como advertencia para cualquiera que se animara a desafiar al Restaurador.

Décadas después, su hijo viajó hasta el cementerio a buscar sus restos. Nunca los encontró. La cabeza de Castelli nunca apareció.

Un parque para no olvidar

Cien años después, en 1939, Chascomús decidió no olvidar. Se construyeron, uno junto al otro, el Museo Pampeano y el Parque Libres del Sur —el mismo pulmón verde de ocho hectáreas frente a la laguna donde hoy se hacen picnics, se juega al fútbol o se hace running, se pasea a los perros.

Ahí siguen, entre los árboles, las esculturas que recuerdan a los caídos: leones, cañones, una fuente.

Leones del Parque Libres del Sur, Chascomús

La próxima vez que crucen el parque o bajen por la calle Libres del Sur, ya van a saber: caminan sobre uno de los capítulos más sangrientos —y menos contados— de nuestra historia.

¡El orden federal se impone! Aquí, a orillas de esta laguna, terminó el alzamiento de los Libres del Sur. Juan Manuel de Rosas, 1839

Cine e historia

La película que escondió a Chascomús en una historia de amor prohibido

Escena de la película Camila, filmada en parte en Chascomús

Chascomús, 1984. Una capilla. Un equipo de cine. Y una historia de amor que, más de un siglo antes, había terminado trágicamente.

Hay películas que cuentan una historia. Y hay películas que, además, hablan también de la época en la que fueron realizadas.

Camila (1984, dir. María Luisa Bemberg) es una de ellas.

Y lo curioso es que una parte de esa historia se filmó acá, en Chascomús.

Pero para entender por qué esta película fue tan importante, tenemos que viajar bastante más atrás.

Buenos Aires, 1847

Camila O'Gorman tenía 20 años y pertenecía a una de las familias más reconocidas de Buenos Aires.

Era una joven culta, inquieta y con una curiosidad que no encajaba demasiado bien con lo que se esperaba de una mujer de su época. La literatura y las nuevas ideas circulaban por su mundo familiar, en una sociedad donde la Iglesia y el poder político tenían una enorme influencia sobre la vida privada.

Y entonces se enamoró. Pero no de cualquiera.

Del padre Ladislao Gutiérrez, el sacerdote de su propia parroquia.

Lo que siguió parece escrito para una novela.

Los dos decidieron escapar. Cambiaron sus nombres, viajaron hacia el norte y terminaron instalándose en un pequeño pueblo de Corrientes, donde se hicieron pasar por maestros rurales.

Durante un tiempo funcionó.

Hasta que alguien los reconoció.

La pareja fue detenida y trasladada a Buenos Aires. La decisión de Juan Manuel de Rosas, impulsada por la indignación pública, fue brutal: ambos fueron condenados a muerte. Camila estaba embarazada de ocho meses.

Aun así, el 18 de agosto de 1848, los dos fueron fusilados.

Más de 130 años después, alguien decidió contarla

En 1984, apenas unos meses después del regreso de la democracia, la directora María Luisa Bemberg llevó esta historia al cine.

Y ahí Camila empezó a contar una segunda historia.

Porque una película sobre una mujer que desafía a su familia, a la Iglesia y al poder del Estado tenía un significado muy particular en una Argentina que acababa de salir de una dictadura.

La historia transcurría en 1847. Pero era imposible no pensar en 1984.

Libertad. Autoridad. Censura. El derecho a elegir la propia vida. Bemberg hablaba del pasado para hablar también del presente.

Y el público respondió.

La película, protagonizada por Susú Pecoraro e Imanol Arias, se convirtió en uno de los grandes éxitos del cine argentino de los años 80 y llegó a ser nominada al Oscar como Mejor Película Extranjera.

Fachada colonial de la Casa de Casco en Chascomús

Fachada colonial de la Casa de Casco en Chascomús.

Y acá aparece Chascomús

Para recrear el Buenos Aires de mediados del siglo XIX, la producción buscó pueblos que todavía conservaran edificios, calles y rincones capaces de transportar al espectador a otra época. Chascomús fue uno de ellos.

La histórica Casa de Casco, con su arquitectura de origen colonial y su perfecta conservación, fue uno de los lugares elegidos para el rodaje. Ahí se filmó, de hecho, una de las escenas más recordadas de toda la película: el encuentro entre Camila y Ladislao durante un juego de gallito ciego, el primer chispazo entre los dos personajes.

La escena del gallito ciego: el primer encuentro entre Camila y Ladislao, filmado en la Casa de Casco. Hoy la casa está abierta al público, frente a la plaza principal del pueblo.

Así que cuando aparecen en pantalla aquellas calles empedradas, fachadas coloniales y construcciones que parecen pertenecer a Buenos Aires de 1847… una parte de lo que estás viendo es Chascomús. Nuestro pueblo convertido, durante unos días, en escenario de una historia ocurrida casi 140 años antes.

Y después estaba la pasión

Pero hay algo más que hizo inolvidable a Camila: la química entre Susú Pecoraro e Imanol Arias.

La película no muestra solamente a dos personas que se enamoran. Muestra a dos personas que se desean, aun sabiendo perfectamente que ese deseo puede destruirlo todo.

Las miradas, los silencios, la culpa de él, la decisión de ella. Todo va acumulándose. Hasta que la pasión termina ganándole a las reglas.

Incluso una de las escenas de amor más recordadas de la película —la escena sobre la mesa— surgió casi sobre el final del rodaje. Pecoraro e Imanol sintieron que la historia necesitaba mostrar de manera más física aquello que los personajes ya venían conteniendo. La propusieron a Bemberg, la ensayaron una vez y la filmaron en una sola toma.

Susú Pecoraro e Imanol Arias en Camila (1984)

Quizás por eso funciona tanto. No parecen dos actores interpretando un amor prohibido. Parecen dos personas intentando contener algo que les desborda.

Una directora que no hacía películas sobre mujeres débiles

María Luisa Bemberg no fue una directora de un solo éxito.

En sus películas aparecen una y otra vez mujeres que desafían las reglas de su época. Después de Camila llegarían Miss Mary y Yo, la peor de todas, entre otras obras que terminaron convirtiendo a Bemberg en una de las figuras fundamentales del cine argentino.

Sus protagonistas podían equivocarse, rebelarse, desear y pagar un precio por hacerlo.

Como Camila.

María Luisa Bemberg, directora de Camila (1984)

María Luisa Bemberg (1922-1995). Detrás de cámara, creando su mundo.

Historias de Chascomús

La próxima vez que camines por el centro… quizás mires esas calles de otra manera. Porque hace más de 40 años, un equipo de cine llegó a Chascomús para convertir nuestro pueblo en otra ciudad, en otro siglo y en otra historia.

Y durante unos días, nuestras calles fueron escenario de uno de los romances más trágicos y famosos del cine argentino.

Así que la próxima vez que pases por alguno de esos rincones, pensá que quizás estás caminando por el mismo lugar donde Camila y Ladislao, hace cuatro décadas, volvieron a escapar.

Solo que esta vez, al menos, pudieron hacerlo en una película.

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